Acortando la Fila

Mientras en el sur de Arizona una de cada cinco personas lucha por tener comida que llevarse a la boca, los líderes de las organizaciones de asistencia alimentaria de emergencia se preguntan: ¿Qué más podemos hacer para ayudar?

March 1, 2014

FeaturesIssue 5: March/April 2014

Community-Food-BankLa atmosfera en el Community Food Bank (Banco de Alimentos de la Comunidad) está sorprendentemente callada. Es el sonido de un almacén: no es silencio, sino un sonido difuso. La fila es larga—40 o 50 personas esperan su turno, callados. Hay un adolescente rubio, con los audífonos vibrando. Una mujer hispana de mediana edad, meciendo a un niñito de cabello rizado en su cadera. Un hombre de cabeza blanca que se apoya sobre un andador ortopédico. Puede que les tome 20 minutos llegar al final de la fila; puede que les tome tres horas. De cualquier manera, al final de la espera, y después de llenar un formulario, les espera una caja de comida.

No es mucha comida—un frasco de crema de cacahuate, tres latas de verduras, una bolsa de arroz, quizás una caja de cereal; dependiendo del día, la caja puede también incluir una sandía, una bolsa con ensalada, o unos cuantos tomates—pero para los 1.2 millones de arizonenses que tienen dificultades para alimentarse y alimentar a sus familias, es una salvación.

“Es dificilísimo e incomprensible ponerle voz y rostro al hambre,” afirma Michael McDonald, el director ejecutivo del Community Food Bank del sur de Arizona. “El hambre es extensa, diversa y, desafortunadamente, alcanza niveles muy profundos.”

Con apenas dos semanas como director de la organización de asistencia alimentaria más grande de la región, McDonald aun no logra asimilar todas las estadísticas. (Él llegó al banco de alimentos a través de la organización Habitat for Humanity de Tucson. “Me inclino por los servicios básicos, tangibles—comida, vivienda,” sostiene.)

Hoy día, casi 50 millones de estadounidenses—el 14 por ciento de la población del país—padecen de inseguridad alimentaria, lo cual significa que con frecuencia carecen de cantidades suficientes de comida saludable, nutritiva y segura. Diecisiete millones de ellos son niños.

“Todo mundo se queja del estado de las calles. Todo mundo puede ver que la infraestructura que se cae a pedazos,” afirma McDonald. “Pero dentro de los hogares está la endeble infraestructura del presupuesto doméstico de las familias, que simplemente no es suficiente para cubrir la necesidades básicas como la alimentación.”

En Arizona, uno de cada cinco adultos padece de inseguridad alimentaria. Uno de cada tres niños sufre de inseguridad alimentaria—es decir, más del 30 por ciento de los niños en Arizona están en riesgo de padecer hambre; esta cifra nos coloca en tercer lugar a nivel nacional en materia de inseguridad alimentaria infantil. En el transcurso del año, la bodega de 14,000 pies cuadrados del Community Food Bank recibe, organiza y distribuye 27 millones de libras de comida. “¿Quién es el rostro del hambre en el sur de Arizona?” pregunta McDonald. “Son personas que nosotros conocemos.”

Robert Ojeda leads a team of 25 people at the Community Food Resource Center, which is known nationally for its innovative approach to building long-term food security.

Robert Ojeda leads a team of 25 people at the Community Food Resource Center, which is known nationally for its innovative approach to building long-term food security.

“Creo que mucha gente tiene la idea de que quienes vienen al banco de alimentos son personas sin trabajo, desempleados crónicos, o gente que no está dispuesta a trabajar,” sostiene. “Pero no es así. Con frecuencia esas personas tienen empleos, tienen un ingreso. Pero sencillamente ese ingreso es insuficiente.”

De hecho, en el mundo de los bancos de alimentos se sabe de sobra que el hambre es un síntoma de la pobreza. Según Janet Poppendieck, autora de Sweet Charity? Emergency Food and the End of Entitlement, si el salario mínimo federal—actualmente de $7.25 por hora—hubiera aumentado al mismo ritmo que la inflación desde los años 70, hoy día llegaría a los $16 por hora. Tal incremento representa la diferencia entre un ingreso anual de $15,080 y uno de $33,280—la diferencia entre necesitar asistencia y ser autosuficiente.

Si su sueldo es insuficiente, si con frecuencia usted no está seguro de si podrá obtener comida para usted o su familia, el gobierno de los Estados Unidos se esfuerza por ofrecerle una cierta seguridad. Gracias a lo que se conoce como The Emergency Food Assistance Program (Programa de Asistencia Alimentaria de Emergencia, TEFAP por sus siglas en inglés) uno puede acudir a un banco de alimentos y recibir una caja de comida. En Arizona, si vive solo y gana menos de $1,211 al mes, usted puede solicitar ayuda sostenida a través del Supplemental Nutrition Assistance Program (Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria, SNAP por sus siglas en inglés), antes conocido como el programa de cupones de alimentos, o a través del Women, Infants, and Children Nutritional Assistance Program (Programa Especial de Nutrición Suplementaria para Mujeres, Infantes y Niños, WIC por sus siglas en inglés).

Muchas personas solicitan esa ayuda. Cada mes, el banco de alimentos atiende a más de 225,000 personas en el sur de Arizona; mensualmente ayuda a 2,000 individuos y familias a enviar o iniciar una solicitud para acceder a los beneficios del programa SNAP. Diariamente, los 365 días al año, el banco de alimentos distribuye alimentos suficientes para 63,400 comidas completas.

“No vengo por una caja de comida todos los meses,” afirma Josefa Peralta, de 40 años. “Solo cuando lo necesitamos. Creo que debemos ser conscientes. Cuando uno no lo necesita, hay otras personas que lo necesitan más que uno.”

Peralta lleva cinco años viniendo esporádicamente al banco de alimentos por una caja de comida, la cual se lleva a casa para su esposo y sus cuatro hijos. Su esposo trabaja como jardinero en el Hotel Westin La Paloma, donde gana $1,500 al mes—una cantidad que rápidamente gastan en el alquiler, los servicios públicos y el cuidado de los niños. “Aunque trabajamos mucho, no nos alcanza,” dice ella. “Y la comida es muy cara.”

Every year, the 14,000 square-foot warehouse at the Community Food Bank receives, sorts, and distributes 27 million pounds of food.

Every year, the 14,000 square-foot warehouse at the Community Food Bank receives, sorts, and distributes 27 million pounds of food.

Peralta también trabajaba en La Paloma, pero tuvo que renunciar en septiembre para cuidar a su mamá, quien sufre de la enfermedad de Alzheimer. Actualmente Peralta toma clases de inglés y estudia para el examen GED, y espera regresar a trabajar en marzo. Mientras tanto, ya que solo reciben un ingreso, su familia tiene derecho a recibir los beneficios del programa SNAP.

“La ayuda que nos proporcionan es maravillosa,” afirma. El dinero adicional le ayuda para comprar productos básicos como leche, huevos, queso, tortillas y algunas verduras como chile, tomate, cebolla, papa, zanahoria y apio. Ella busca los precios más bajos—la lecha está más barata en Fry’s, el pollo en Food City—pero aun así, “el dinero de los cupones de alimentos no alcanza para todo el mes.” Cuando sus cuatro hijos, que tienen entre 10 y 16 años de edad, tienen vacaciones escolares, “Comen mucho más, porque están en casa todo el día. Los cuatro están en edad de crecimiento, así que necesitan comer bastante.”

El banco de alimentos inscribe a individuos y familias en el programa SNAP a través del Gabrielle Giffords Family Assistance Center (Centro de Asistencia Familiar Gabrielle Giffords, GGFAC por sus siglas en inglés). Nadia Khatib, una especialista en proyección comunitaria en el GGFAC, afirma que su clientela ha aumentado considerablemente desde octubre pasado, cuando el Affordable Care Act (la Ley de Cuidado de Salud Asequible) trasladó todas las solicitudes de asistencia federal al internet, lo cual ha dificultado el proceso para los ancianos y otras personas que no tienen acceso al internet.

“Para colmo, cuando se terminó el paquete federal de estímulo [lo cual eliminó $5 mil millones del programa SNAP], empecé a recibir 10 llamadas diarias de personas que querían saber qué iba a ocurrir con sus beneficios,” explica ella. “Si una persona recibe $100 dólares mensuales en cupones de alimentos, una reducción de $20 dólares es una cantidad enorme.”

En octubre Peralta empezó a recibir una tarjeta de débito emitida por el programa SNAP, con un saldo de $428 dólares. Para enero, esa cantidad había disminuido a $407. “La diferencia se nota,” afirma ella. “Es estupendo recibir esta ayuda, pero cada vez nos dan menos, y los precios de la comida en el supermercado siguen siendo elevadísimos.”

A la vez que se reducen los presupuestos de los programas de ayuda alimentaria como SNAP, la cantidad de personas que acuden a los bancos de alimentos para solicitar comida ha aumentado. McDonald afirma que en las sucursales del Community Food Bank que se encuentran en Amado y Green Valley, las cuales atienden principalmente a familias rurales, se ha visto un incremento del 30 por ciento en el número de personas que acuden con respecto al año anterior.

Every year, the 14,000 square-foot warehouse at the Community Food Bank receives, sorts, and distributes 27 million pounds of food.

Francisca Cruz tends her garden plot with her son, Erik, who is a member of he youth farm apprenticeship program. Three years ago, this land was wa vacant plot of dirt; today , thanks to the work of Cruz, Pain, and other community gardeners, it brims with food.

En 2014 se cumple el 50º aniversario desde que el presidente Lyndon Johnson declarara la guerra contra la pobreza—una guerra que “obviamente no hemos ganado,” afirma McDonald. Hacerle frente al hambre—y por lo tanto a la pobreza—es “un asunto complejo. Hoy día hay gente hambrienta y tenemos que alimentar a esas personas. En el mundo de los bancos de alimentos le llamamos ‘alimentar a la fila.’ Uno tiene que darle de comer a las personas que llegan y se forman en la fila,” afirma él. “Pero queremos acortar esa fila.”

Un poco al sur de la calle Silverlake Road, sobre la recta y gris calle Cottonwood Lane, después de pasar unas casitas prefabricadas, autos estacionados y unos protuberantes topes, uno alcanza a entrever tonos verdes del otro lado de un portón adornado con un rótulo de letras cuadradas.

Hace tres años, Las Milpitas era un terreno abandonado—alargado, polvoso, sin sombra alguna. Hoy en día hay 94 solares rebosantes de plantas. Anchos árboles de mezquite brindan su sombra. Un abundante follaje brota de entre la oscura tierra; son las anchas hojas que esconden cabezas de coliflor o manojos de brócoli. Hay col rizada: tipo simple, lacinato, morada. Arúgula aromática y alegres lechugas. Los primeros brotes de albahaca y retoños de milpas que prometen maíz dulce para el verano. Algunos solares lucen estacas amarillas, una señal para los demás horticultores de que las verduras que contiene están listas para cosecharse—y para compartirse.

La suma de todos estos pequeños elementos es sorprendente e ineludible: es mucha comida.

“Las Milpitas es un ejemplo de un proceso que de verdad captura la esencia de lo que queremos lograr,” afirma Robert Ojeda, el director del Community Food Resource Center (Centro de Apoyo para los Bancos de Alimentos, CFRC por sus siglas en inglés), una rama del Community Food Bank que se enfoca en la seguridad alimentaria y la sustentabilidad a largo plazo. El CFRC surgió hace 13 años, cuando algunos empleados del banco de alimentos, enfocados en promover el acceso a la comida saludable y nutritiva, construyeron un pequeño huerto de muestra junto al banco de alimentos.

“Este esfuerzo generó un fructífero diálogo en nuestro banco de alimentos, para definir cuál era y es la meta de nuestro trabajo,” sostiene Ojeda. “Al analizar las tendencias a nivel nacional, es evidente que los recursos [para la ayuda alimentaria de emergencia] son cada vez más limitados. Al mismo tiempo, tenemos un número creciente de gente que necesita ayuda. Así que nos preguntamos, ¿qué más podemos hacer?”

La respuesta: “Proveer seguridad alimentaria sustentable para la comunidad.” En otras palabras, se dieron cuenta de que podían ayudar a acortar la fila de personas en el banco de alimentos mediante el fomento de oportunidades de desarrollo económico, a través de facilitarle a la gente el cultivo de su propia comida, así como a través del apoyo a las comunidades para que tuvieran ellas mismas la capacidad de ser autosuficientes. Durante la última década, el trabajo del CFRC ha crecido y ahora incluye un programa de capacitación bilingüe gratuita para la producción de alimentos en el hogar, pasantías en el aprendizaje de la horticultura para jóvenes, así como el apoyo de 50 huertos escolares y de cuatro mercados de agricultores que aceptan los cupones de los programas SNAP y WIC.

Hace cinco años, el CFRC creó una cooperativa para brindar ayuda a las personas que querían instalar huertos en sus patios y jardines. Quienes recibían esta ayuda solo debían comprometerse a asistir a tres talleres en el transcurso de un año, y a ayudar a otros miembros de la comunidad a instalar sus propios huertos. Hoy día, hay más de 250 huertos en hogares de bajos ingresos en Tucson, todo gracias al CFRC.

Community-Food-Bank“La popularidad de este programa es enorme,” dice Ojeda. Así que se preguntaron: ¿Por qué no trasladar esa experiencia—ese interés—y arraigarlo en un una comunidad?

Cuando la escuela City High School le propuso al Community Food Bank colaborar para adaptar el terreno que a la larga se convertiría en Las Milpitas, “primero fuimos a visitar el barrio, antes de hacer cualquier otra cosa,” afirma Ojeda. “Les preguntamos, ‘aquí enseguida hay un lote baldío. ¿Qué les gustaría hacer con él?’”

La opinión generalizada de la comunidad era clara: Querían tener la habilidad de cultivar sus propios alimentos.

Anna Pain, de 54 años, puso manos a la obra de inmediato. “Cuando mi vecino me vio intentando llenar unas macetas me dijo, ‘Aquí al lado están ofreciendo solares de tierra gratis,’” dice ella. “Yo no tenía mano para las plantas. De verdad no pensé que pudiera hacer esto, pero aquí estoy.”

Es un soleado día de invierno en Las Milpitas, y Pain tiene trabajo pendiente. La plaga de pulgones se ha estado comiendo su brócoli. Con un rociador lleno de agua jabonosa en mano, ella se pone manos a la obra. Cuando aparta una gruesa hoja cerca de una orilla del solar, se encuentra cara a cara con una blanca cúpula de coliflor, lo que la hace saltar de felicidad.

Pain pasó casi una década trabajando como cajera en Safeway, hasta que en 2011 le diagnosticaron fibromialgia, una enfermedad que se caracteriza por el dolor y la fatiga crónicos. Ella cree que una serie de desafortunados accidentes automovilísticos fue lo que le afectó los nervios y le provocó la fibromialgia; cualquiera que sea la causa, ya no podía tolerar el desgaste físico del trabajo como cajera—estar de pie en turnos de ocho horas, levantar cajas de 50 libras de comida para gato o con 20 botellas de agua. “Los dedos pulgares ya se me querían rendir. Cuando regresaba del trabajo, ya no los podía mover,” afirma.

Luego de buscar trabajo por más de un año, Pain decidió perseguir una las pasiones de su vida, así que se certificó en terapia de masajes. Ahora ella trabaja como masajista dos días por semana en Barefoot Studios, lo cual le permite tener bastante tiempo para recuperarse—y para trabajar en su huerto. “Trabajar en el huerto me hace sentir mejor. Me ayuda a mantener las articulaciones ágiles. Me mantiene en contacto con la tierra. Especialmente en el verano, cuando el suelo está caliente—es curativo para mis manos.”

Pain ha estado recibiendo beneficios del programa SNAP durante el último año y medio. Dice que antes de empezar a trabajar en el huerto, ella y su hija de 36 años no comían ni una fracción de la cantidad de verduras frescas que consumen ahora. “Ahora tenemos una dieta mucho más saludable,” afirma—además de que gastan menos dinero. “Solía gastar $50 por semana en el supermercado. Ahora solo voy cada dos o tres semanas, a comprar alimentos enlatados y algunas especias. Compro algo de carne que pongo en el congelador—¡Y a veces se queda ahí mucho tiempo!”

“No sé cuánto tiempo vayan a estar disponibles los cupones de comida,” dice ella. “Espero poder cultivar lo suficiente como para no tener que preocuparme por ir a la tienda y para no tener que depender de los cupones de comida.”

Community-Food-BankEsa es una esperanza que muchas personas en el CFRC comparten. “Queremos crear oportunidades no solo para que la gente coma de manera saludable y tenga acceso a alimentos nutritivos, sino también para que se gane un poco de dinero con este trabajo,” afirma Ojeda.

Cualquier horticultor en Las Milpitas—de hecho, cualquier horticultor doméstico en Tucson—tiene la oportunidad de vender las verduras que le sobren en uno de los cuatro mercados para agricultores que promueve el banco de alimentos. Si logran tener éxito, pueden convertirse en horticultores comunitarios y tener acceso a una parcela de un cuarto de acre.

Ojeda calcula el impacto que tienen los cien horticultores de Las Milpitas, no solo a través de todos los alimentos que producen, sino también en la medida en que se han convertido en agentes de cambio en su comunidad. “Tenemos un grupo de personas, una organización comunitaria, que están muy entusiasmadas por su capacidad para mejorar la situación, y que a la vez se sienten vinculados entre ellos y con el terreno mismo,” afirma.

Hace tres años, cuando Francisca Cruz se unió a Las Milpitas, ella estaba emocionada de poder atender un huerto, aprender a plantar, cosechar y cocinar alimentos saludables para su marido y sus tres hijos. Juntos empezaron a criar pollos en la granja y a llevarse los huevos a casa; poco tiempo después, ya venían tres veces al día. Cuando empezaron a notar que los alimentos que cosechaban tenían mejor sabor, dejaron de comprarlos en el supermercado. A medida que las cosechas y la comunidad florecían, también crecía el orgullo de Cruz al ver lo que su familia y su comunidad habían logrado.

“Estoy muy orgullosa de pertenecer a este lugar, a esta granja, de vivir en este barrio,” afirma Cruz, quien ha empezado a tomar clases de inglés. Cruz forma parte de la docena de horticultores que constituyen Las Milpitas de Cottonwood Community Organization (Organización Comunitaria Las Milpitas de Cottonwood). “Aquí tenemos una parcela, pero también estamos trabajando para mejorar nuestro barrio—las calles, el alumbrado. Organizamos eventos comunitarios en el huerto. Nuestra meta es que más gente de la comunidad se involucre en nuestro proyecto.”

Cruz también funge como vicepresidenta de la asociación de colonos del barrio Santa Cruz Southwest. Su familia se mudó de Sonora, México a Tucson, y tras casi una década de vivir en el barrio, “casi no conocíamos a ninguno de nuestros vecinos,” afirma. Poco a poco, ahora los están empezando a conocer. “La gente trae recetas al huerto. Por ejemplo, con la col rizada, a la cual no estábamos acostumbrados, nos ayudan y nos dicen, ‘pueden prepararla de esta manera.’ Es emocionante ver nuestro huerto cuando nuestras verduras están listas para cosecharse, saber que nosotros las plantamos y que nosotros mismos las estamos cosechando.”

Gracias a proyectos como Las Milpitas, el Community Food Bank del sur de Arizona es reconocido a nivel nacional como uno de los más innovadores. “Empezamos [en Tucson] con un pequeño huerto, y ahora hemos pasado a ocupar un lugar a nivel nacional,” dice Ojeda. De los 120 empleados de tiempo completo que tiene el banco de alimentos, aproximadamente 20 trabajan para el CFRC—un nivel de apoyo que, afirma, no tiene paralelo en todo el país.

En octubre pasado, el Community Food Bank organizó en Tucson un congreso nacional de bancos de alimentos, el cual atrajo a más de 130 organizaciones de todo el país. Uno de los objetivos del congreso era “desarrollar una plataforma nacional que nos permita tener voz y voto” en la creación de las políticas públicas, dice Ojeda.

 

Community-Food-BankUna preocupación común durante la conferencia es un dilema con el que el banco de alimentos ha luchado durante años: ¿Cómo pueden las organizaciones para combatir el hambre compaginar sus esfuerzos por desarrollar seguridad alimentaria a largo plazo junto con un sistema de ayuda alimentaria de emergencia—el cual depende de los excesos de un sistema alimentario nacional imperfecto? (Estos esfuerzos con frecuencia requieren de trabajo fuera de la órbita del sistema alimentario existente y, por lo mismo, caen fuera de los intereses de las grandes corporaciones alimentarias que proveen el financiamiento de muchos bancos de alimentos.)

“¿Podremos deshacernos de las cajas de comida tradicionales en el corto plazo? Probablemente no. Sencillamente, no vamos a resolver el problema del hambre así de rápido,” dice McDonald. “Pero si no invertimos todo lo posible en la seguridad alimentaria local, nos vamos a quedar estancados en este ciclo de personas con una nutrición deficiente que luego reciben ayuda, el cual es un modelo que a nadie le gusta, ni siquiera a la gente que recibe asistencia.”

Si bien es cierto que muchos bancos de alimentos calculan el impacto que tienen de acuerdo a la cantidad de calorías que distribuyen, muchos de los líderes están llegando a la conclusión de que también deben tener en cuenta la calidad nutricional de esas calorías. La visión de McDonald es que los programas como los que apoya el CRFC, en lugar de ser periféricos, se conviertan en piezas clave del trabajo que se realiza en los bancos de alimentos.

“Los bancos de alimentos tradicionales tienden a calcular las libras de comida que reciben y las libras de comida que distribuyen a qué número de personas,” dice Ojeda. “Somos un banco de alimentos que reparte millones de libras de comida. Pero, ¿cuál es el verdadero valor de un huerto doméstico? Si uno tuviera que comprar las 30 o 40 libras mensuales que produce un huerto doméstico, ¿cuánto costaría? ¿Cuál es el valor nutricional de eso?” Dice que, aunque hay gente que se dedica a tratar de responder estas preguntas, muchas de ellas son difíciles de responder. “¿Qué impacto puede tener la capacitación y dedicación de un joven líder en nuestra comunidad?”

 

Community-Food-BankTal vez sea más fácil medir el impacto que puede tener el acceso a alimentos saludables sobre los 500,00 arizonenses que padecen de diabetes—una epidemia que le cuesta al estado $3 mil ochocientos millones de dólares anuales en gastos médicos. “Creo que tal vez necesitamos reposicionarnos como una organización de medicina preventiva,” afirma McDonald.

Él es de la idea de que crear un sistema alimentario local seguro y combatir el hambre son dos ideas inseparables, dos caras de la misma moneda. “Una de las críticas [del cultivo local de alimentos] es que con frecuencia es más caro y lleva más tiempo. Si uno tiene acceso a una parcela, pero tiene cuatro empleos, ¿va a tener tiempo para atender un huerto?” En lugar de pedir a los voluntarios que vengan al banco de alimentos a llenar cajas con alimentos de emergencia, McDonald sugiere que el banco de alimentos podría encauzar la energía del voluntariado para ayudar a otras personas a cultivar su propia comida. “Puede ser tan sencillo como preguntar: ‘¿Te puedo ayudar con tu huerto?’”

McDonald afirma que el trabajo de los bancos de alimentos con frecuencia se limita a resolver problemas logísticos—¿Cómo le repartimos la mayor cantidad de libras de comida al mayor número de personas necesitadas? “No obstante, tiene que existir otro ecosistema que fomente el emprendimiento de la gente y que tenga un impacto social en la producción, educación y preparación de alimentos—un modelo que vaya del huerto a la mesa, lo cual implica la creación de un ecosistema holístico,” afirma. “Para ello, se requiere tomar en cuenta las ventajas que tiene cada comunidad, en lugar de depender de lo que nos envía la USDA o los grandes supermercados.”

Megan Kimble es la editora en jefe de Edible Baja Arizona. Para enterarse de lo último en cuanto a comida en Baja Arizona, sígala en facebook.com/meganekimble o en Twitter en @megankimble.


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