El pescado en nuestra cuenca alimentaria

Conforme la sobreexplotación pesquera conduce a las pesquerías del mar de Cortés hacia el colapso, es posible que el ayudarles a los pescadores a conectarse directamente con sus mercados de destino les ofrezca un futuro más sustentable.

May 1, 2014

FeaturesIssue 6: May/June 2014
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Small fish, such as mackerel, mullet, or grouper, are the majority of what is being caught in the Sea of Cortez today.

Si la gasolina cuesta $12.50 pesos por litro, y el pescado sierra se vende por $16 pesos el kilo, entonces Gerardo Aguado Hernández necesita quedarse en alta mar algunas horas más. Él se hizo a la mar desde las 6 de la mañana, pero la pesca no ha sido buena. Apenas una docena de magros pescados plateados llenan la pequeña bodega de su panga, amontonados como cerillos—que quizás lleguen a la mitad de lo que necesita para cubrir sus gastos.

Es una escena en colores primarios. Panga azul, mar azul zafiro, overoles anaranjados. Mientras Hernández hace avanzar la pequeña embarcación, su hijo lanza al agua un chinchorro de color verde intenso. Conforme la red se hunde en el mar, el translúcido montón que está entre los dos hombres desaparece como algodón de azúcar en agua. Unas boyas de unicel mantienen a flote la parte superior de la red—en cosa de un minuto o dos, la red se extiende por más de 200 metros tras la lancha, formando una línea irregular.

Los chinchorros flotan en el agua como una cortina—como una membrana, impasable para los peces de un determinado tamaño. La medida del tejido—el ancho de la apertura entre los nudos de hilo—corresponde al tamaño de los peces que uno espera capturar. Hoy en día los chinchorros se usan principalmente para capturar pescado sierra, lisa o mero—no quedan muchos peces de gran talle en estas aguas. “Siempre solíamos ver a pescadores llegar con pescados grandes, de cuatro pies. Ahora eso ocurre quizá una vez cada seis meses”, dice Hernández.

Hoy día, los únicos animales de gran tamaño con los que Hernández tiene que lidiar son los lobos marinos, los cuales han proliferado debido a la disminución de la población de grandes tiburones. “Sí hay peces en el agua, pero los lobos marinos no me dejan trabajar”, dice. “Jalan los pescados de entre las redes”. Está tan mal la situación, que si ve cuatro o cinco de ellos cerca de su panga, guarda sus redes y se va a casa—no vale la pena arriesgarse a que le dañen sus redes. “Los pescadores como yo somos una especie en peligro de extinción”, dice en tono de broma. “Estamos siendo cazados por los lobos marinos”.

Pero si tiene suerte y los lobos no se aparecen, Hernández deja la red en el agua por media hora más y hace un círculo con la panga para recoger la red, pesada de agua—y con un poco de fortuna, al menos esta vez, más pesada aún, llena de pescado. Pero Hernández no guarda muchas esperanzas. La pesca de hoy es una más en una cadena de días de escasa producción—una temporada más de lucha entre muchas otras.

La historia esencial de la Bahía de Kino—que es la historia de muchos pueblos pesqueros a lo largo del Golfo de California—es un reflejo de la historia de sus pesquerías. El Golfo, también conocido como el mar de Cortés, alberga 950 especies de peces de escama, 100 de las cuales no se encuentran en ninguna otra parte del mundo. El mamífero marino en mayor peligro de extinción en el mundo, una pequeña marsopa llamada vaquita, vive en la parte superior del Golfo, un poco abajo de donde solía fluir el delta del río Colorado.

A principios del siglo XX, la costa a lo largo del Golfo estaba prácticamente deshabitada, excepto por los tenaces indios seris, cuya población había disminuido a menos de 120 supervivientes. En los años 20 y 30 algunos pescadores de la costa de Baja California cruzaron el Golfo para asentarse en Kino, en busca de grandes especies de depredadores para satisfacer el mercado del sur de California. Su principal objetivo era la totoba, un tipo de corvina de gran tamaño originario de la parte norte del Golfo, así como tiburones y tortugas marinas.

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There’s a diver at the end of that line, seeking sea scallops or lobster on the ocean floor. Divers rely on these “hookah” systems, breathing at the end of a long tube that’s connected to a compressed oxygen tank on board. Because many stay under water for as many as eight hours, decompression sickness is a real danger.

En la década de los 40 surgió la pesca de camarón; flotas de barcos extranjeros comenzaron a entrar al Golfo con redes de arrastre, raspando el suelo marino en busca de ese único tipo de marisco. (La tasa de pesca de descarte de este tipo de embarcación oscila al rededor del 85 por ciento—es decir, de cada 100 libras de mariscos que capturan, 85 muere al ser descartada en la cubierta del barco). Prácticamente todo el piso marino del Golfo ha sido dragado por embarcaciones japonesas y coreanas, excepto por los bajos del Canal del Infiernillo, los cuales son protegidos por los seris, quienes los consideran como sus criaderos de peces, tortugas y cangrejos.

“En los años 70 todo explotó”, afirma Tad Pfister, investigador de la Universidad de Arizona y fundador de PANGAS, un consorcio de ONGs y organizaciones sin fines de lucro que trabajan en las pesquerías del Golfo. “Se empieza a ver una enorme expansión de la actividad pesquera en el Golfo, de gente que viene al Golfo”.

Dicha explosión surgió en parte como repuesta a las fuerzas de mercado—a las demandas de una población global que pedía más pescado. “También fue el resultado de la privatización gubernamental”, afirma Marcela Vásquez-León, profesora asociada de antropología en la Universidad de Arizona. “Al empezar a privatizarse los ejidos, las tierras agrícolas comunales, mucha gente se quedó sin tierra. Casi de la noche a la mañana, grandes cantidades de personas del sector agrícola se quedaron sin empleo. Se ve una enorme migración hacia las zonas costeras. Muchas personas que no eran pescadores se empezaron a dedicar a la pesca”.

Su falta de conocimiento la compensaron con avances tecnológicos—barcos de mayor calado, con mejores motores y redes más grandes. A algunas embarcaciones les instalaron sensores electrónicos para detectar dónde se concentraban los bancos de peces.

Con tal influjo de personas que no eran pescadores hacia las aguas del Golfo surgió un problema. Hasta ese momento, los propios pescadores locales habían implementado un gran número de medidas para el manejo de las pesquerías. Si el sustento de uno depende de lo que produce el mar—y si uno quiere que el sustento de sus hijos también dependa de ello—entonces uno tiene cuidado de no pescar durante la temporada de desove, o de no bucear en busca de tortugas durante el invierno, cuando están hibernando. Uno tiene cuidado de no capturar cangrejos hembras que estén cargadas, ni peces jóvenes que no han tenido la oportunidad de aparearse. Uno sabe que el abstenerse ahora significa el invertir en un mayor rendimiento a futuro.

Los cuarenta a cincuenta mil pescadores del mar de Cortés capturan aproximadamente el 60 por ciento de la pesca comercial en México. De acuerdo al Anuario estadístico de pesca, el reporte pesquero de México, la cantidad de pescado capturado en el país aumentó de 77,000 toneladas en 1950 a 254,000 toneladas en 1970. Para 1981 los pescadores mexicanos ya reportaban una pesca total de 1.36 millones de toneladas.

“En los años 80 se ve un colapso en muchas de las principales pesquerías”, dice Pfister. En 1975, después de un colapso casi total de la pesquería de la totoba, el gobierno mexicano prohibió su pesca. Al final de esa década, los tiburones habían prácticamente desaparecido de las aguas del Golfo. La población de peces de pesca deportiva, como el atún, había disminuido, al igual que la de la mantarraya. Su lugar como principales pilares de la economía de la pesca de pequeña escala fue ocupado por especies más pequeñas, como la corvina, el pescado sierra del Pacífico y peces planos; al disminuir las reservas de dichos peces, los pescadores empezaron a capturar lisa rayada, pez ballesta y cabrilla. La demanda de pescado seguía aumentando, así que los pescadores siguieron capturando peces cada vez más abajo en la cadena alimenticia, en busca de especies más pequeñas para reemplazar a las especies mayores que estaban desapareciendo. (Sobra decir que esto es contraproducente para la salud de las pesquerías, ya que las especies grandes necesitan comer especies pequeñas para poder alcanzar su talle natural).

Hoy en día, la tasa anual de captura pesquera en México es de más de 1.7 millones de toneladas. Tres cuartas partes de lo que se captura en el mar de Cortés acaba en hogares estadounidenses, lo cual equivale a 170,000 toneladas de mariscos.

Jesus León keeps an eye on the comings and goings in Old Kino from behind the counter of his small fishing supply store.

Jesus León keeps an eye on the comings and goings in Old Kino from behind the counter of his small fishing supply store.

El colapso de las pesquerías se presenta de diferente maneras. “Puede haber un colapso comercial, que es cuando una pesquería ya no es rentable”, dice Pfister. “Puede haber un colapso total de la especie, como es el caso de la vaquita, la totoba o la tortuga marina, cuya población ha llegado a niveles tan bajos, que la tasa de reproducción es menor que la tasa de mortalidad. Y luego está el colapso ecológico, que es cuando se ven los efectos generalizados de la sobreexplotación pesquera en el estado de la ecología entera… Y eso es lo que estamos presenciando. En la actualidad hay un colapso total de las pesquerías del Golfo”.

Jesús León vende lanchas y overoles de goma, aceite para motor y WD-40. Es conocido como el cronista de Kino Viejo—las puertas de su tienda de artículos de pesca dan hacia la entrada principal del muelle, así que diariamente está detrás de su mostrador, observando los ires y venires de este pequeño pueblo.

A diferencia del llamado Kino Nuevo, constituido por una limpia franja de casas vacacionales—muchos de cuyos dueños viven en Hermosillo y solo van los fines de semana—, Kino Viejo es una mezcla de capas sociales. Hay gente en las calles, carretones que venden pescado en las esquinas y hamacas colgadas en el muelle de carga. Las taquerías se llenan durante los fines de semana, pero los lunes por la mañana son días casi sin ruido—la mayoría de los hombres han salido a altamar en sus pangas.

“Antes no había tanto abuso de las pesquerías”, dice León. Él ha pescado en Kino por 45 años; hace 20 o 30 años, afirma, la gente respetaba los límites naturales del mar. “Es una pena. Sacan las langostas y les arrancan la hueva”. No respetan las vedas, dice—los cierres estacionales que ordena el gobierno mexicano durante la temporada de desove, que es cuando los peces sueltan la hueva.

Por supuesto que los lobos marinos son un problema para los pescadores, dice. “Pero el peor lobo marino de todos es el hombre”.

“Aquí toda la población de peces está disminuyendo, y saben que la producción está bajando, pero aún así siguen pescando”, dice. “Todo mundo trabaja solo para ganar dinero. Es una situación crítica. Estamos pescando demasiado”.

La sobreexplotación pesquera se ve exacerbada por el hecho de que “al menos el 50 por ciento de la flota pesquera es ilegal”, dice Pfister. “Cuando la flota es ilegal, no se sabe quién, qué, cuándo o cómo”. Tales preguntas—quién está pescando, que están pescando, cuándo y cómo lo están haciendo—constituyen la parte medular de un plan de manejo de una pesquería, el cual el gobierno mexicano exige para todas las pesquerías. (“¿Los tienen?”, pregunta Pfister. “No. “Pero se supone que los deben tener”).

Hay dos maneras básicas de controlar quién saca qué de las aguas del Golfo. La primera es regular a los pescadores mismos, permitiéndoles pescar solo a aquellas personas que tengan permisos para hacerlo; mediante el cierre de ciertas pesquerías durante la temporada de desove, como la del cangrejo o el lenguado; y a través de restricciones respecto al tipo de equipo que tienen permitido usar los pescadores para capturar ciertos tipos de peces, para así reducir la tasa de pesca de descarte. La segunda es regular las aguas en sí, mediante el establecimiento de Áreas Naturales Protegidas—una suerte de Parque Nacional acuático, aunque el acceso a ellas varía según el tipo—o zonas de refugio pesquero, en las cuales se limite seriamente o de plano se prohíba la pesca, ya sea para restaurar la salud de las pesquerías o para proteger especies en peligro de extinción. (El principal patrocinador de esta última estrategia es un exresidente de Arizona—Sam Walton III, quien, a través de la Fundación Walton, fue pionero en la creación de Áreas Naturales Protegidas, mediante la compra de tierras costeras que estaban vinculadas a pesquerías de esos litorales).

“México tiene un buen andamiaje legal en lo que se refiere a las regulaciones y requisitos para la pesca”, dice Pfister. “Pero la ley no se aplica, o se aplica de manera irregular. Algunos de los organismos de gobierno encargados de la aplicación de la ley no tienen fondos. Dicen: “Solo tenemos dos barcos, y no tenemos dinero para comprar gasolina””.

At the end of the day, two fishermen work together to pull a heavy gillnet out of the water.

At the end of the day, two fishermen work together to pull a heavy gillnet out of the water.

Dada la limitada aplicación de la ley, la tremenda demanda mundial de pescado y el hecho de que los pescadores prácticamente no tienen ninguna otra forma de ganarse la vida, estos sacan la mayor cantidad de pescado posible. “El problema principal en el Golfo es la sobreexplotación pesquera”, dice Pfister. “Punto”.

Venustiano Rentería Mayorquín prepara 27 toneladas de sierra del Pacífico para enviarlas a Colombia—lo suficiente para llenar un tráiler. Los pescadores de Kino a quienes les compra el pescado todavía no han capturado las 27 toneladas de sierra, el cual es el producto de exportación más común de la región, así que una gran parte del pedido está empacada en hielo en su cámara de congelación.

Mayorquín dice que él les paga el pescado a 16 pesos el kilo—aproximadamente $1.23 dólares. Es posible que él se lo venda por 60 pesos el kilo a un mercado de Hermosillo, el cual a su vez puede vendérselo a un comprador internacional por un precio aun mayor. “Pasa por muchas manos”, dice él.

En el 2000, como respuesta a la sobreexplotación pesquera, el gobierno mexicano emitió una ley denominada Ordenamiento Pesquero, la cual suspendió la emisión de nuevos permisos como medida para “normalizar” la actividad pesquera. En los hechos, eso significa que ahora los permisos simplemente se venden (y se revenden) al mejor postor. La demanda es alta, así que los precios de los permisos también son altos—las personas que tienen los permisos, tienen el poder. Y la mayoría de las veces esas personas no son los pescadores.

Mayorquín es lo que se conoce como permisionario, una suerte de agente de comercialización. Los permisionarios actúan como intermediarios entre los pescadores y los compradores. La mayoría de los permisionarios son dueños de sus propios permisos de pesca, usualmente para varios barcos, y simplemente contratan a los pescadores para sacar lo que creen que se puede comercializar.

“Los permisionarios no son pescadores; no saben nada acerca de la biología de peces. Ellos solo compran y venden”, dice Vásquez-León, quien trabaja principalmente en la parte superior del Golfo, cerca de Puerto Peñasco. “Por ejemplo, le dicen a los pescadores locales: “Tienes que ir a sacar langosta”. Los pescadores dicen “No. Porque vamos a encontrar hembras grávidas [cargadas], así que ahorita no debemos sacar langosta”. Y ellos responden: “No nos importa. Si ustedes no lo hacen, vamos a traer pescadores del sur de México””.

Cuando hay un sistema de mercado, dice Vásquez-León, “donde los vendedores y compradores son los que toman las decisiones acerca de cómo se va a explotar la pesquería, entonces se tienen serios problemas”.

Ella dice que los pescadores deben ser los que tomen las decisiones. Al preguntarles al respecto, los pescadores dicen que quieren una aplicación más estricta de las regulaciones existentes. Cuando una sola persona puede abusar de un recurso natural común, desincentiva a todos los demás a que sigan las reglas.

“La actitud es, “Si nosotros no lo sacamos, alguien más lo va a hacer””, dice Leopoldo Encinas, un pescador de Kino de toda la vida. Encinas empezó a pescar en 1978, aunque dejó de hacerlo en 2009, cuando fue contratado para inventariar las reservas pesqueras por una agencia de conservación sin fines de lucro llamada Comunidad y Biodiversidad, o COBI.

“Si estoy pescando y veo una langosta, y me percato de que es hembra y puede que esté en desove, sé que debo dejarla en paz. Pero si no la saco, entonces alguien más la va a sacar”, dice.

A solitary sea snail is snared in a bottom cage; once it fills up, after a day or two, fishermen will come to collect their catch.

A solitary sea snail is snared in a bottom cage; once it fills up, after a day or two, fishermen will come to collect their catch.

Al desplomarse las reservas pesqueras, el dilema se torna más agudo aun. Si la pesca ha sido mala el lunes, martes y miércoles, y el jueves uno se encuentra con un gran banco de peces, aunque uno sepa que debe dejarlo, “uno tiene que pagar la gasolina. Uno tiene que ganar un poco de dinero. Además, alguien más puede aparecerse y sacarlo. Así que uno lo saca”, dice Encinas. “Nosotros los pescadores vivimos al día. Lo que gano hoy, lo gasto hoy. Esa es la mentalidad, entonces es difícil lograr que pensemos en el futuro”.

No obstante que algunas comunidades en el Golfo han formado cooperativas pesqueras precisamente para prevenir este fenómeno, Kino sigue estando desorganizado casi por completo. Las zonas pesqueras son vastas, lo cual significa que son difíciles de controlar—incluso si los pescadores locales han identificado una reserva natural, los pescadores foráneos pueden entrar y simplemente llevarse los peces que los locales han estado tratando de proteger.

Hay muchas organizaciones que han estado trabajando para revertir esta tendencia—para organizar y empoderar a los pescadores en el Golfo de forma tal que tengan la capacidad de cambiar la manera como funcionan las cosas. Encinas es uno de ocho pescadores de Kino que trabajan con COBI para inventariar las reservas pesqueras y la fauna silvestre. “Queremos generar conciencia acerca de cómo la conservación nos puede beneficiar a todos. Si no dejamos que las especies se reproduzcan, pronto se van a agotar”, dice Encinas. “Pero todavía podemos hacer algo, ya que todavía hay pesca hoy día”.

En el restaurante Jorge, ubicado en la parte norte de Kino Nuevo, la brisa del mar entra por las ventanas abiertas. Jorge Luis Ramírez ha estado vendiendo pescado frito o al mojo de ajo por 15 años. “Hay menos pescado, así que cuesta más caro”, dice al hablar de cómo ha cambiado el mercado. Afirma que sus clientes—la mayoría son de Hermosillo, y algunos de los Estados Unidos—casi nunca preguntan acerca de la sustentabilidad del pescado que él les trae a la mesa. O ya saben la respuesta, o simplemente están de vacaciones y no les interesa.

En el restaurante de Jorge uno puede ordenar lenguado a la parrilla o encebollado, pero no se sabe con precisión qué tipo de lenguado se está uno comiendo—la palabra se usa para designar varios tipos de peces, como el halibut de California, el lenguado de cuatro ojos, el lenguado moteado, o el lenguado de cola de abanico. No se trata de una ambigüedad en la denominación o en la traducción del español al inglés—”Lenguado es un término que abarca cualquier tipo de peces planos”, dice Lorayne Meltzer, la codirectora del Centro de Estudios Ecológicos y Culturales Kino Bay del Prescott College. “El mercado no distingue entre una especie y otra. Esa es precisamente la razón por la cual necesitamos veracidad en el etiquetado de productos. ¿Qué es lo que nos estamos comiendo?”.

Meltzer afirma que es responsabilidad de los consumidores el exigir respuestas. “¿De dónde viene este pescado? ¿Cómo fue capturado? ¿Qué tipo de pescado es en realidad? ¿Qué especie es? ¿Es producto de la acuicultura o fue pescado en estado silvestre?”, pregunta ella. “Si a la gente le importara lo suficiente como para decir, vamos a pagar más por pescado que sabemos que es capturado de manera sustentable, y gracias a ello aumentara demanda, entonces podría generalizarse [la producción sustentable], como ocurrió con el pollo o las verduras”.

Exactamente cómo es que los consumidores pueden exigir la producción sustentable de mariscos es una pregunta más difícil de responder. La cadena de custodia de los productos del mar es sumamente difícil de seguir. Los pescadores no saben quién compra su pescado una vez que se lo llevan de los muelles; con frecuencia los permisionarios tampoco lo saben, ya que venden el pescado a grandes compañías de importación y exportación—las dos más grandes que operan en el Golfo son Selecta y Ocean Garden Products—, las cuales a su vez aglutinan el pescado de mares de todo el mundo para satisfacer un pedido de Red Lobster o Safeway.

Debido al funcionamiento de la cadena de suministro, “Aunque una pesquería decida, “está bien, vamos a hacer las cosas como se deben de hacer”, es imposible que una pesquería sola comercialice camarón capturado de manera sustentable”, afirma Meltzer. “Sería invisible dentro del mercado global”.

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Pulling fish from the nets at the end of a long day.

Lo cual no ayuda en nada a un consumidor que está frente al refrigerador de una pescadería. En parte como respuesta a dicha confusión, en 1999 el Acuario de Monterey Bay comenzó a publicar Seafood Watch, una guía de asesoramiento acerca de los productos del mar que emplea datos científicos para clasificar las especies de mariscos en tres categorías: Mejor opción, Buena alternativa, o Evitar. Considerada como la lista de asesoría más confiable respecto a la producción de mariscos sustentables, bajo el sello de Seafood Watch también se publican guías regionales, como el Reporte del Golfo de California. Se encuentran disponibles en aplicaciones para iPhone y Android.

Sin embargo, con frecuencia la información de que disponen los consumidores para tomar una decisión es limitada. ¿Qué puede hacer uno si la aplicación de Seafood Watch dice que el halibut de California capturado con chinchorro es una Buena alternativa, mientras que uno capturado con cuerda de mano es la Mejor opción, pero el menú dice simplemente “halibut”?

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Hernandez’s son casting gillnet, as they fish for the more plentiful smaller species of fish.

El Centro Intercultural de Estudio de Desiertos y Océanos, radicado en Tucson y conocido como CEDO, es una organización que está intentando solucionar ese problema. “Uno de los objetivos que tengo es el conectar el mercado local de la parte superior del Golfo con la comunidad de Tucson, y así crear una sociedad entre nuestras dos comunidades para emplear recursos sustentables”, dice Peggy Turk Boyer, la directora ejecutiva del CEDO.

Durante los últimos años, Boyer ha estado colaborando con una docena de grupos ambientalistas, incluido el COBI, para redefinir el término “sustentable” en relación a las pesquerías del Golfo, mediante el establecimiento de parámetros para los tres niveles que las pesquerías deben manejar para llegar a ser sustentables. Debido a que “hay muy pocas pesquerías en el mundo que son verdaderamente sustentables”, dice Boyer, el propósito del sistema de clasificación es ayudar al consumidor a identificar—y apoyar—a las comunidades y las pesquerías que están tomando medidas tangibles para proteger e incrementar las reservas pesqueras de su región, incluso si todavía no han llegado a punto deseado.

De hecho, si una pesquería es manejada de acuerdo a las fuerzas de mercado, la lógica dicta que si uno cambia el mercado, se cambia la pesquería.

A pesar de los funestos pronósticos, el mar sigue siendo un recurso natural resistente, al menos por el momento. Otras comunidades en el Golfo han demostrado que si lo tratamos bien—si lo manejamos y protegemos—el mar puede recuperarse. En Cabo Pulmo, en la punta de la península de Baja California, “en los 80 y 90, la pesquería fue explotada hasta el colapso total. Las aguas quedaron prácticamente yermas”, dice Pfister. “La comunidad local dijo: “Tenemos que hacer algo. Porque no queda nada”. Así que prohibieron por completo la pesca. Esa pesquería en la actualidad es increíble. Hay meros y pargos, y se pueden ver tiburones de gran talla. Hemos visto una recuperación”.

“Lo importante es demostrarles a los pescadores y a los consumidores que tienen poder para lograr ese cambio”, dice Meltzer. ✜

Puede descargar la aplicación Seafood Watch del Acuario de Monterey Bay, o puede descargar la guía por internet en SeafoodWatch.org.

Centro de Estudios Culturales y Ecológicos Kino Bay de Prescott College. Calle Cádiz y Puerto Vallarta #151. Bahía de Kino, Sonora. 928.350.2236. Prescott.edu/kino-bay-center/.

CEDO Intercultural. Puerto Peñasco, Sonora. 520.320.5473. CedoIntercultural.org.

Translated by Roberto Mendoza for The University of Arizona National Center for Interpretation.


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