La Muerte Nos Sienta Bien

El Día de los Muertos rinde homenaje a los difuntos de una manera jubilosa, con pan de muerto, calaveras de azúcar, y platillos favoritos.

September 5, 2015

FeaturesIssue 14: September/October 2015

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Los primeros recuerdos que Griselda Vargas tiene del Dia de los Muertos se remontan a su niñez en la parte oeste de México y consisten en un altar de casa repleto de flores de cempasúchil, velas, una variedad de platillos, y un pan dulce especial.

La comida y las fragantes flores amarillas rodeaban fotografías de seres queridos cuyo retorno transitorio era esperado con ansias durante un ritual que duraba días entre oraciones, risas, y música. Aún muy pequeña para entender la complejidad de una tradición milenaria, Vargas pacientemente mantenía la mirada en las coloridas calaveritas de azúcar del altar que le hacían agua la boca.

“Cuando uno es niño, lo que espera es poder comerse las calaveritas,” dice sonriendo.

At El Rio Bakery, Mario Leyva adds a final egg wash on loaves of pan de muerto to give them their characteristic sheen.

At El Rio Bakery, Mario Leyva adds a final egg wash on loaves of pan de muerto to give them their characteristic sheen.

La gastronomía mexicana está estrechamente ligada al festejo. Platillos típicos mexicanos como el mole, los tamales, el pozole, la calabaza dulce, y el pan de muerto abundan en los altares y las cocinas. Las familias también le ponen su toque personal a los altares para atraer a los difuntos con platillos y bebidas que éstos favorecieron en vida.

Por respeto a los difuntos, nadie tocaba los alimentos hasta que los finados los hubieran saboreado. La familia de Vargas y sus vecinos rezaban juntos y llevaban flores a las tumbas de un panteón cercano con la certeza de que aunque no en forma física, los muertos brevemente convivieron con los vivos de nuevo. De regreso a casa, todos compartían la cena ya preparada y recordaban a los difuntos a través de un sin fin de anécdotas.

“Fueron tiempos muy festivos,” recuerda Vargas.

La originaria del estado de Jalisco ahora vive en Tucson pero su pueblo aún festeja el Día de los Muertos tal como lo hacía en su niñez. De hecho, el gran espectáculo anual comienza en todo México a finales de Octubre con la presencia predominante de calacas sonrientes y esqueletos decorados, algunos de tamaño natural, que imitan la vida contidiana comiendo, cocinando, trabajando, y jugando.

Los festejos relacionados con la tradición pueden ser desconcertantes para aquellos que no conocen una sociedad cuya visión de la muerte es algo peculiar. En su ensayo, Laberinto de la Soledad, el Premio Nobel mexicano Octavio Paz declaró:

“El mexicano … la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con paciencia, desdén o ironía.”

El Día de los Muertos se remonta al siglo 16 y la mezcla de rituales indígenas y creencias cristianas. Al no poder acabar con las costumbres locales, los conquistadores españoles que llegaron a donde ahora es México las hicieron coincidir con fechas católicas ya establecidas del Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos.

La conmemoración en el México moderno en realidad implica más de un día, y se centra principalmente en el 1 y 2 de noviembre. El primer día se brinda homenaje a los niños y el segundo a los adultos. La celebraciones varían de un estado a otro y duran más tiempo en áreas rurales y regiones con gran influencia indígena donde las tradiciones ancestrales están muy arraigadas en la cultura. En muchos lugares, las familias pasan la noche en los cementerios comiendo platillos típicos como tamales, chiles rellenos, y enchiladas a un lado de las tumbas ya bien limpiadas. El tequila, el chocolate caliente, y el atole son bebidas populares.

En la región del norte, el número de habitantes que comenzó a festejar el Día de Muertos ha ido creciendo recientemente, en gran parte a causa de la migración de estados del sur y áreas rurales del país.

En la ciudad fronteriza de Nogales, Sonora, al otro lado de Arizona, no fue sino hasta hace unos 30 años que la panadería de la familia de Luz Amelia Gonzalez comenzó a hornear el pan de muerto que es parte importante de los altares, conocidos también como ofrendas.

“La gente que llegaba del sur entraba y preguntaba si teníamos el pan,” recuerda. “Así que investigamos como se hacía y lo empezamos a hornear.”

Juan Pedro López, quien hace una cantidad enorme del pan especial cada año en La Espiga de Oro, la panadería de Gonzalez, dice recordar solo un puñado de sitios en la ciudad que ofrecían el pan antes que sus patrones. El pan, usualmente redondo y bañado en azúcar con decoraciones que representan huesos, ya abunda en las panaderías, tiendas de abarrotes, y puestos de comida.

Cada año aumenta el número de escuelas en Nogales que instalan altares del Día de Muertos como una herramienta que sirve para educar a los estudiantes sobre su patrimonio. Esto se debe en parte al reconocimiento cada vez mayor de las tradiciones ancestrales y en parte para minimizar la influencia de Halloween del otro lado de la frontera, dice Gonzalez.

At El Rio Bakery, Daniel Mendoza shapes dough into human forms that will become part of Day of the Dead celebrations honoring the deceased.

At El Rio Bakery, Daniel Mendoza shapes dough into human forms that will become part of Day of the Dead celebrations honoring the deceased.

“El Día de Muertos no es para asustar, ni para estar triste,” explica. “Por lo contrario, es un día para festejar y recordar la vida de las personas que han muerto.”

 

A finales de octubre, un convoy de camiones repletos de flores de cempasúchil frescas, coronas, y frutas de la temporada llegan a los cementerios de la ciudad. Estacionados en las calles que llevan al descanso final de muchos, los camiones se unen a la legión de vendedores que ofrecen naranjas, elotes asados, caña, tacos de carne asada, y múltiple mercancía a los que visitan las tumbas de sus seres queridos.

El bullicio parece un carnaval. Amontonados entre las tumbas, muchas familias en la frontera saborean el pozole rojo y los tamales de elote al estilo sonorense. El champurrado frecuentemente acompaña el pan de muerto que muchos comen como postre. Las familias recuerdan a los que fallecieron y algunos cantan con músicos itinerantes hasta ya muy entrada la noche. Jovencitos de mentalidad emprendedora, con escoba y cubeta en mano, se ganan unos cuantos pesos limpiando las tumbas.

“Definitivamente ha crecido, porque a través de los años más y más gente que cree en esta costumbre ha llegado a Nogales”, dice López, refiriéndose a la celebración del Día de los Muertos.”

En Tucson, Vargas mantiene la tradición por medio de su panadería mexicana en el Barrio Hollywood. Unos días antes de las festividades, los clientes empiezan a llegar a El Río Bakery en West Speedway y Grande Avenue para recoger el pan de los muertos que los panaderos Daniel Mendoza y Mario Leyva hornean.

“Lo buscan mucho”, dice Vargas. “También entregamos a las tiendas, restaurantes y escuelas.”

Y cada año, la panadería añade más escuelas a su lista de clientes.

Vargas y su esposo, Guillermo, le compraron la panadería hace unos años a Sabino Gómez y su esposa, Artemisa, quienes la establecieron en 1971. Los propietarios originales no comenzaron a vender el pan de muerto hasta mediados de la década de los setenta, cuando las escuelas y otros clientes lo empezaron a buscar.

“Al principio hacíamos una cantidad pequeña, pero ya para cuando dejamos la panadería el pan de muerto era muy popular,” Gómez recuerda.

El número de panaderías mexicanas en Tucson ha aumentado desde que El Rio abrió sus puertas, y la mayoría han incorporado el pan de muerto en su gama de productos. No todas ofrecen las calaveras de azúcar que predominan en México y que Vargas codiciaba de pequeña.

Co-owner Guillermo Vargas at El Rio Bakery in Barrio Hollywood; the bakery was one of the first in Tucson to offer bread of the dead.

Co-owner Guillermo Vargas at El Rio Bakery in Barrio Hollywood; the bakery was one of the first in Tucson to offer bread of the dead.

En El Rio, que también ofrece comida al estilo Jalisco, los panaderos Mendoza y Leyva están acostumbrados a hacer el dulce pan de muerto. Aunque no revelan todos los ingredientes, es costumbre agregarle anís y agua de azahar a la sencilla receta que por lo general lleva harina, huevos, leche, mantequilla, y levadura. Otras variantes del pan incluyen canela, semillas de sésamo, ralladura de limón, o jugo de naranja.

Año tras año, Leyva y Mendoza preparan grandes cantidades de harina en un área de trabajo que se siente caliente. De pie ante una mesa no muy lejos de un enorme horno, los hombren amasan la harina y forman el pan redondo y figuras de cuerpos recostados, siempre bromeando y escuchando música mexicana en la radio. Después las colocan en bandejas y los meten en una cámara de fermentación. Por último, agregan pedazos de masa en forma de “huesos” al pan y después de hornearlo lo barnizan con un poco de mantequilla y azúcar.

Mendoza es el panadero de planta y Leyva le ayuda cuando hay mucho trabajo. Leyva hacía pan de muerto en La Espiga de Oro en Nogales junto al ya difunto padre de González, Manuel González. Recuerda haber festejado el Día de los Muertos llevando flores a las tumbas de sus familiares allí.

Mendoza creció en la ciudad de Tapachula, en el sureño estado de Chiapas. En su lugar de origen, el Día de los Muertos es considerado uno de los festejos más importantes, dice. Los cementerios rebosan de flores, las familias arman altares en sus hogares, y niños con disfraces tocan en las puertas de las casas cantando y pidiendo ”calabacita” para recibir calabaza en dulce y otras delicias.

Como Leyva, Mendoza también empezó su oficio como panadero en México. En Tapachula, aprendió a hacer las piezas de pan de muerto en bola y las figuras que él llama “monitos” y representan a los difuntos.

“Las escuelas tienen competencias y el mejor monito gana”, dice Mendoza.

Sugar skulls are a traditional Dia de los Muertos treat.

Sugar skulls are a traditional Dia de los Muertos treat.

Para su jefe, Guillermo Vargas, los preparativos para el Día de Muertos en Zapotiltic, el pueblo de Jalisco donde nació, comienza con mucho anticipo.

“La gente va limpiar las tumbas unos ocho días antes, y el 1 y 2 de noviembre se encienden velas en las tumbas y se ora por los difuntos”, dice. “Los cementerios están llenos de gente.”

En Ameca, otra ciudad en Jalisco donde vivió durante algunos años, la costumbre era crear un altar comunitario afuera de alguna casa particular que todos los residentes de la colonia podían embellecer con fotos y ofrendas. Después se trasladó a Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México. Allí, “muchas personas nada más llevan flores al cementerio”, dice. “Y la gente siempre vende pan de muerto en las entradas de las Iglesias”.

Griselda Vargas espera revivir su tradición familiar en Tucson construyendo un altar como los que su familia y vecinos se turnaban instalando en sus hogares para celebrar juntos el Dia de los Muertos.  Planea ponerlo en la panadería, donde una imagen de su difunto padre, José Villa, ocupará un lugar central. Las enchiladas de queso y la calabaza en dulce que tanto le gustaban estarán cerca. Justo al lado del esencial pan de muerto. 

Radicada en Tucson, la periodista Lourdes Medrano comparte historias de ambos lados de la frontera. Síguela en Twitter: @_lourdesmedrano

A <em>Dia de los Muertos</em> altar, complete with candles, photos, and sugar skulls. Each altar is unique, like the lives it honors.

A Dia de los Muertos altar, complete with candles, photos, and sugar skulls. Each altar is unique, like the lives it honors.

El Altar de Muertos

También se le llama ofrenda al altar que se construye para facilitar el viaje a este mundo a las almas que regresan. Puede ser desde muy sencillo hasta muy elaborado con dos o más niveles, y típicamente incluye:

Una foto de la persona fallecida.

Pan de muerto, que representa a los difuntos.

Calaveras de azúcar y otros materiales no comestibles que simbolizan la muerte y el más allá.

Alimentos favoritos de los que han muerto, incluyendo bebidas y frutas de la temporada.

Objetos personales que pertenecieron a seres queridos, como un libro.

Velas, flores de cempasúchil, y el incienso de copal, para dar la bienvenida y guiar el retorno temporal de los difuntos.

Papel picado cortado en diseños de esqueletos y calaveras, en amarillo y morado que significan la unión entre vida y muerte.

Un vaso de agua para saciar la sed de las almas viajeras.

Sal, un elemento purificador.

Una cruz y otras figuras religiosas.  







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