Las Mujeres del Mar

Tres décadas después de su inicio, la Cooperativa Ostrícola Única de Mujeres del Mar continúa prosperando en los humedales al sur de Puerto Peñasco.

May 1, 2014

FeaturesIssue 6: May/June 2014
Francisca Luna collects oyster trays in the waters off Estero Morúa.

Francisca Luna collects oyster trays in the waters off Estero Morúa.

A las orillas del Estero Morúa situado en las afueras de Puerto Peñasco, México, Francisca Luna observa desde lejos las hileras de cajas ancladas en el lodo que estimulan el ciclo de vida de los ostiones envueltos dentro.

Es un sábado por la mañana templado y Luna acaba de llegar al restaurante donde ella y y otras mujeres venden al aire libre los ostiones que cultivan en el agua. Entrecierra los ojos ante el deslumbrante sol y evalúa si la hora es óptima para ponerse sus botas de plástico y sumergirse en la laguna. Después de una breve contemplación, decide esperar.

“Todavía está muy alta el agua”, dice casi en un susurro.

La figura robusta de Luna se desliza bajo una palapa y hasta dentro de una estrecha cocina donde su hermana, Rosario Luna Javalera, desconcha ostiones sobre un fregadero grande. La hija de Francisca, Angélica Medina, se encuentra cerca cortando cebolla y chile. Luna se zambulle en una canasta de provisiones y saca galletas, condimentos y servilletas. El equipo está a punto de finalizar su ritual diario de preparación para servir ostiones.

“Esperemos que nos vaya bien hoy, muchachas”, dice Luna y luego rectifica. “Va a ser un buen día”.

El trío pertenece a una cooperativa de mujeres que durante tres décadas ha cultivado ostiones en el estero a unas pocas millas al sur del centro de la ciudad conocida en inglés como Rocky Point, que se localiza aproximadamente a 60 millas de la frontera entre Estados Unidos y México. La sociedad es una de las granjas ostrícolas más antiguas en Sonora, región que sobresale en la producción del marisco. La ostra del Pacífico, también conocida como ostión japonés, es la especie ((Crassostrea gigas) que más se cultiva en el estado.

Una de siete ostioneras en la zona, la cooperativa se distingue por haberse establecido como una sociedad exclusivamente femenina. En Puerto Peñasco, la gente se refiere a la cooperativa simplemente como Las Mujeres. Luna es una de las 118 socias originales que aseguraron un lugar en el estero a principios de la década de los ochenta. En aquel entonces el complejo turístico en el Mar de Cortés era un aislado pueblo pesquero que pocos norteamericanos habían descubierto.

A través de los años, el proceso laborioso que es sembrar, clasificar y limpiar ostiones puso a prueba a varias de las socias que optaron por retirarse. Algunas dejaron el trabajo debido a la manera imprevisible de ganarse la vida cultivando ostiones, otras por dudas sobre el futuro de la cooperativa. Las demandas físicas del trabajo que obliga a permanecer dentro del agua durante horas enteras también ahuyentó socias. Hoy en día, seis mujeres resistentes forman la cooperativa. La mayoría cuenta con el apoyo de familiares — incluyendo algunos hombres — que les brindan ayuda cuando la necesitan.

“Cultivar ostiones implica muchos retos”, afirma María Isabel Cervantes, presidenta de la cooperativa. “No es para todos.”

En un principio la mortalidad era la mayor amenaza; el cultivo de los moluscos bivalvos es arriesgado porque son vulnerables frente a las fuerzas de la naturaleza. Pero a mediados de la década de los noventa empezó a detonar el crecimiento de Puerto Peñasco que fue transformándolo en un codiciado destino turístico. Las playas con aguas cristalinas y abundante pesca atraían turistas de ambos lados de la frontera. Los humedales se volvían cada vez más atractivos para los desarrolladores de residencias y hoteles de lujo que se construían en los alrededores.

Sentada al volante de su camioneta una tarde soleada, Cervantes no está de humor para recordar batallas legales emprendidas para defender su patrimonio. Prefiere hablar sobre cómo las mujeres se esfuerzan por incrementar la producción y obtener la certificación orgánica de ostión por parte del gobierno. Dice que a la cooperativa le gustaría exportar ostiones a Estados Unidos algún día.

Desde la orilla del agua, Cervantes apunta hacia una estructura de madera que se construye en la distancia junto al restaurante. Al completarse servirá como un laboratorio donde las mujeres cultivarán sus propias semillas, o larvas, de ostión. La idea es reducir los millones que compran cada año para engordar en el estero.

“Vamos a empezar poco a poco, para ir agregando más de las semillas que cultivaremos nosotras mismas”, dice.

Whole families are involved in the cooperative, including kids.

Whole families are involved in the cooperative, including kids.

Todas las mujeres estarán capacitadas para manejar el trabajo de laboratorio pero sin dejar de atender los ostiones que permanecen en cajas dentro del agua durante meses, alimentándose de plancton y algas a medida que crecen.

Luna era una joven ventiañera cuando asistió al primer taller sobre el cultivo de ostión después que una amiga le mencionó la naciente cooperativa. Ella era una madre viuda desempleada que se había trasladado a Puerto Peñasco del estado de Sinaloa trás la muerte de su marido.

Luna sabía poco sobre la ostricultura, pero pronto aprovechó la oportunidad de aprender el oficio.

“El trabajo es intenso”, asegura. “Pero estoy agradecida por haber encontrado la cooperativa cuando más necesitaba un trabajo”.

Aunque sus ingresos son irregulares porque dependen de la mortalidad variable de ostión cada temporada, Luna dice que ha podido ganar lo suficiente para elevar el nivel de vida de su familia y ayudar a solventar estudios superiores para dos de sus cuatro hijos. Su segunda hija optó por trabajar junto a su madre y su tía.

La ostricultura a permitido a Luna ser su propia jefa y a la vez cuidar de sus hijos, cuando estos eran pequeños, mientras trabajaba.

Comparado a hace más de 30 años , cuando Luna y las otras mujeres cultivaban ostiones sin tener agua potable en el estero, la cooperativa ha progresado bastante, dice mientras limpia los mostradores de la cocina. Sale de nuevo, se acomoda en su camioneta y conduce a un cuarto lleno de cajas usadas, corchos y contenedores de plástico. Antes de tener un vehículo, Luna y sus hijos con frecuencia dormían en la penumbra de ese lugar del tamaño de un clóset porque era difícil ir y venir del pueblo al estero.

“Pasamos muchos fines de semana aquí”, dice Luna.

Cerca del agua unos minutos más tarde, Luna baja su carga de la camioneta, se pone sus botas de plástico y mandil largo, vadea en el agua y saca una caja llena de ostiones aptos para el consumo. Sumerge la pesada caja en el agua con fuerza, una y otra vez, enjuagando las conchas para quitar el sedimento acumulado. Para cuando termina de seleccionar y limpiar unos quinientos ostiones que necesita para el restaurante, la respiración de Luna se ha vuelto pesada. Las diminutas gotas de sudor sobre su frente brillan con el sol mientras que sus manos, hinchadas y sin guantes, cuidadosamente escogen ostiones entre los últimos cien recolectados.

“Éstos ya estan listos”, dice al mismo tiempo que muestra una de las delicadezas que pronto preparará para sus clientes.

Los ostricultores como Luna saben ser pacientes. A un ostión le toma hasta un año, y a veces más, llegar a la madurez. Las socias plantan semillas en diferentes etapas para producir ostiones durante los doce meses.

At “El Barco” Restaurant, the taste for oysters is cultivated early; Natividad Hernandez watches over her daughter.

At “El Barco” Restaurant, the taste for oysters is cultivated early; Natividad Hernandez watches over her daughter.

El Centro Intercultural de Estudios de Desiertos y Océanos, conocido como CEDO, ha denominado a la cooperativa de mujeres como un negocio sustentable debido al bajo impacto adverso que tiene sobre un ecosistema frágil. Los ostiones actúan como filtros naturales, mejorando la calidad del agua a medida que crecen.

La organización sin fines de lucro, en colaboración con las mujeres y otros ostricultores de la zona, promueve la conservación de los humedales que son hábitat de cangrejos, pulpos, caracoles y decenas de especies de aves. Los animales y plantas que habitan en el estero también adornan el restaurante de las mujeres en un mural pintado hace algunos años por estudiantes de la Universidad de Arizona. El centro, que tiene una oficina en Tucson, durante mucho tiempo ha impulsado actividades de ecoturismo para que los ostricultores participantes puedan aumentar sus ingresos y mantener a raya a los desarrolladores turísticos.

“Vamos allá a menudo con grupos de clases e investigadores que llegan a la región”, dice Peggy Turk Boyer, directora del centro.

Ella y otros conservacionistas ambientales pretenden resuscitar un latente corredor ecoturístico que en los últimos años buscaba conectar a visitantes con la cooperativa de mujeres y otros negocios comunitarios. El proyecto operó con éxito hasta mediados de los años 2000, cuando la economía se desmoronó y los temores sobre las condiciones de seguridad para viajar a México mantenían alejados a los turistas.

El proyecto se detuvo debido a que “no ha sido muy claro hacia donde se dirigía el turismo”, dice Turk Boyer. “Pero parece que ha comenzado a recuperarse”.

En la cocina del restaurante, la hermana de Luna ha terminado su turno y se ha ido a casa. Ahora le toca a Luna abrir ostiones, una habilidad que domina desde hace mucho tiempo. Con una mano toma firmemente cada ostión y con la otra mete la punta de un cuchillo corto entre las valvas, separándolas con un movimiento rápido. Para mayor frescura, Luna desconcha solo los ostiones que se van ordenando. Su hija prepara los platillos. Las mujeres también sirven tacos de pescado y ceviche pero sin duda alguna lo que se consume más del menú son los ostiones frescos en su concha.

Es tarde por la mañana cuando algunos clientes empiezan a llegar. A lo lejos, el guía turístico Abraham Meza, que trabaja para CEDO, explora el estero con una familia de Phoenix. Llegando al restaurante, la última parada del grupo, varias personas prueban los ostiones crudos y cocidos al vapor. Medina sale a la palapa y comparte un poco de historia sobre la cooperativa.

Oysters grow from larvae in these stacked trays, which sit in the warm, shallow waters of the estuary.

Oysters grow from larvae in these stacked trays, which sit in the warm, shallow waters of the estuary.

Alrededor de la hora del almuerzo, otras dos hijas de Luna y sus niños irrumpen en el restaurante, rompiendo la relativa tranquilidad con conversación y risas ruidosas. Los chiquillos pronto se escabullen del interior para retozar en la arena, como sus madres lo habían hecho de pequeñas.

Rosalba Corral, de 30 años y la hija menor de Luna, recuerda haber pasado una buena parte de su niñez en el estero. “Siempre me ha gustado estar aquí,” dice.

A ella y su hermana mayor, Silvia Medina, sobre todo les gustaba jugar con sus otros hermanos en el casco de un barco que apareció en la costa y se convirtió en un punto de referencia en el estero. En honor a la vieja embarcación, el restaurante se llama El Barco.

Con profesiones y niños que criar, Corral y su hermana hoy en día llegan al estero durante los fines de semana que su madre está en el restaurante. Le hechan la mano, platican y comen juntas. Este sábado, la familia se alimenta de ostiones y tacos de manta.

A media tarde, las mesas bajo la palapa se están quedando vacías. Los últimos clientes van saliendo. Adentro, las hijas y nietos de Luna se despiden de ella con besos.

La abuela se ve cansada pero satisfecha. Luna y su segunda hija, Angélica Medina, aprovechan la pausa del ajetreo para limpiar.

“No ha estado nada mal el día”, dice Luna. ✜

Fotografía por Josh Schachter

Radicada en Tucson, la periodista Lourdes Medrano comparte historias de ambos lados de la frontera. Sigue a @_lourdesmedrano.


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