Salvadores de semillas

Visiten una biblioteca pública para ver un paquete de semillas y ver el pasado de un jardinero y el futuro de la comunidad.

May 9, 2015

FeaturesIssue 12: May/June 2015

Traducción por Esteban Camarena

Si estás caminado solo en un camino y vez un grano de maíz, recógelo. Tiene una historia perdida que necesita una audiencia. –Anónimo

Hace años, mi hija Jessica Moreno iba de voluntaria cada jueves al Native Seeds/SEARCH (Semillas Nativas/Búsqueda.) Sentada en una mesa grande, amontonada en un cuarto sin ventilación por la 4ta Avenida, limpiaba semillas, sacando a las que estaban arrugadas, mordidas por insectos o tenían molde, le quitaba la tierra y las piedritas, las medía, las empacaba y las clasificaba.  “Los días de chile eran interesantes  –decía Jessica– porque el polvo permanecía en el aire y se te subía a la nariz y los ojos de todos lloraban.”

Regresaría a casa con pequeños sobres de semillas – albahaca de limón de Nuevo México, tomate de Punta Banda en Baja California y calabaza botella (una variedad de calabaza) del suroeste de Arizona. Se me empollaron las manos escavando un terreno de parcela del desierto. Jessica había aprendido que cada jardinero que plantaba estas verduras de herencia, no sólo se vinculaba a nuestras culturas indígenas sino también ayudaba a la preservación de ellas.

Native Seeds/SEARCH estaba respondiendo a lo que líderes las tribus habían hecho claro que necesitaban: las semillas que sus abuelos crecían, algunas que sólo se encuentran sur de la frontera. Un legado de comida. Jessica, en su propia manera, nos estaba enseñando que la diversidad de semillas no sólo es la respuesta, también necesitamos diversidad en el tamaño de ranchos y parceles de jardín y en el tipo de agricultores y jardineros.

Comprendió que hacer a la agricultura sustentable significa conectar las semillas con las personas. Esto es lo que las bibliotecas de semillas tratan de lograr.

En el 2012, Justine Hernández de la biblioteca del condado Pima junto a varias organizaciones sin fines de lucro, construyeron la primer red de bibliotecas de semillas. El sur de Arizona contiene el 12% de todas las bibliotecas de semillas en todo el país y ese número sigue creciendo.

Guardadas entre estantes de libros llenas de volúmenes de ficción, no ficción y poesía, en cajones se encuentran sobres con semillas de herencia que jardineros pueden pedir prestadas y plantar en casa. Desde amaranta a trigo blanco de Sonora, zinnia y seis variedades de tomates, cualquier persona con una tarjeta de biblioteca puede pedir prestado hasta seis sobres por mes. La idea es que los jardineros pueden usar las semillas y después regresar las semillas de las plantas cosechadas en el futuro. De esta manera, la biblioteca de semillas mantiene una colección fuerte y sustentable de diferentes variedades de plantas que son específicamente adaptadas a nuestro clima árido.

Me da gusto oír que no habrá multas por semillas que no se regresen.

En un día primaveral de 80 grados en marzo, me encontré con Justine Hernández en la biblioteca principal Joel D. Valdez (Joel D. Valdez Main Library) en el centro de Tucson. No vi lentes con marcos astados ni cabello gris recogido en moño. Sus rizos largos y oscuros enmarcaban su cara ovalada y amplia sonrisa. Hernández es la fuerza detrás de las bibliotecas de semillas de Baja Arizona. De hecho, el año pasado la revista Library Journal la nombró como una ‘2014 Mover & Shaker,’ ofreciéndole reconocimiento nacional por su trabajo en la creación del programa popular.

 “Una de las cosas que me energiza –dice Hernández con su ojos oscuros brillando– es la capacidad que la biblioteca de semillas tiene para construir comunidad. Le da la oportunidad a personas a contribuir, personas que quizás de otro modo se sientan sin rostro en su comunidad.”

Me entrega una calabaza botella que estaba seca.

 “Fue una de nuestras primeras donaciones –dice– No teníamos el corazón para romperla y abrirla, así que se convirtió en nuestro emblema.”

Leí la letra escrita sobre la superficie leñosa: “Planta ideal para enramada. Requiere mucha agua.”

 “Animamos a las personas a que nos cuenten cómo crecieron sus plantas –dice Hernández– cómo las prepararon y se las comieron. Generalmente llenan un formulario cuando hacen una donación.” Levanta una bolsita de plástico conteniendo un pedazo de papel enterrado en hojas secas. Huelo albahaca acre. “También tenemos una página en Facebook donde invitamos a personas a que nos compartan fotos e historias.”  Me muestra una foto de una vid verde con una fruta oblonga llamada luffa, por una Tucsonense nativa que ha guardado sus semillas desde los años 60s. “Aquí hay una historia.”

Al principio Hernández le escribió cartas a compañías pidiendo una donación de semillas de polinización abierta, lo que significa que las semillas son normalmente polinizadas por la naturaleza, pájaros o insectos, en lugar de hibridación. “No sabíamos si habría algún interés, pero ese año la biblioteca prestó 6,432 paquetes. El próximo año ese número se duplico y el 40 porciento de las semillas venían de personas dentro de la comunidad que las habían donado. Estábamos totalmente sorprendidos.”

El próximo año más de 16,000 paquetes salieron para jardineros locales. Le pregunto- ¿Algún tipo de semillas en particular?”

 “De todo. Las semillas que no funcionaron en el jardín no regresan. Lo que funcionó permanece en la biblioteca – eso es lo bonito. Rápidamente toma forma de la comunidad.”

En el catálogo, hojeo sobre los paquetes en el cajón marcados con T. Estoy buscando algo para mi jardín. Un voluntario le trae a Hernández una caja llena de paquetes de semillas. “Casi todo tomate” – ella dice entregándole la caja.

“Ah, esto es lo que quieres,” – me dice Hernández y me entrega una caja titulada ‘Ciudad Victoria.’

Después de registrar mi préstamo de semillas en la recepción, hojee los macetones afuera de la biblioteca que antes eran casi todos recipientes de basura. Hernández se comunico con empresas, el banco de comida y jardineros expertos – todos voluntarios – para que tomaran cargo de los macetones de la ciudad de Tucson y así sacar mejor provecho de ellos. Ahora veo cilantro, berenjena, col rizada y rábanos. Semillas desde los cajones C a R extendiéndose hacia el patio de la biblioteca. Los garbanzos son especialmente deliciosos.

Con los Grateful Dead cantando ‘Box of Rain’ por el reproductor de CD, di vuelta en Portal, entrada a las montañas Chiricahua. Pájaros carpinteros se reían con chirridos extravagantes desde los árboles sicomoros encima de la corriente de agua en Cave Creek. En la biblioteca Myrtle Kraft, nos encontramos con Kathleen Talbot y Karen Fasimpaur. Una rubia y una de color castaño. Ambas parecían demasiado joven para las ciencias de biblioteca. Por estos rumbos, le dicen ‘chiquilla’ a Talbot.

Fasimpaur nunca había crecido algo antes de mudarse de Los Ángeles a Portal hace seis años. Debido a que le gustan las verduras frescas y a que los mercados de agricultores más cercanos quedaban a 90 millas en Bisbee, comenzó su propio jardín.

Después se topó con el ‘móvil de gente de semillas,’ una emisora viajante de Nuevo México llamada SeedBroadcast, que investiga culturas de alimentación por todo el país. “Era como un camión grande de comida que contenía una biblioteca de semillas y que también grababa historias.  ¡Era genial!”  Vi lo emocionada que estaba en sus ojos grises. “Tenían una transmisión en progreso contando historias de semillas y de las bibliotecas y por que eran importantes.”

Aprendí de Fasimpaur que por medio de los talleres, las instalaciones de arte y el dialogo, SeedBroadcast explora las redes de semillas, urbanas y rurales, y las implicaciones ambientales de la producción de alimentos.

Fue SeedBroadcast que realmente la hizo pensar en comenzar una biblioteca de semillas en Portal hace dos años. “Envié un correo electrónico a una lista de correos dentro de la comunidad y muchas personas estaban muy interesadas.”

Me explicó que llegaron a la idea desde partes completamente diferentes. Algunos querían alejarse del control empresarial y de los O.M.G. (organismo modificado genéticamente.) Algunos estaban más interesados en suplementar sus dietas. Otros sólo querían un jardín.

Entonces platicó con Kathleen Talbot, bibliotecaria de Portal, que accedió ser sede de la biblioteca de semillas.

 “Acababa de estar en una junta para la Asociación de Bibliotecas de Arizona (Arizona Library Association) –dice Talbot– y sabía que el Condado Pima ya tenía una. Cuando Karen se comunicó conmigo, le dije que sería un honor. Nos haría vanguardia.”

 “La sorpresa más grande es todo lo que ha resultado- talleres y clases, aprendiendo de ha sido el enfoque de todos, más que las propias semillas. Y recibimos a todo tipo de persona” —agrega. Nos explica que la jardinería trae juntos a vecinos con diferentes orígenes y que a las semillas no les importa si tu tierra es conservadora o liberal. “¡Sabes que las ideas políticas no son las mismas, pero todos necesitamos comer!”

 

Mi última visita a una biblioteca de semillas me lleva a Patagonia, donde la bibliotecaria Abbie Zeltzer me introduce a Francesca Clavarie, que tal vez tiene un tercio de mi edad. Sí, las revoluciones comienzan con la juventud.

Claverie vivía en California antes de ir a una ‘escuela de semillas’ en Phoenix y decidió que tenía que mudarse a Patagonia. Eso fue hace dos años. Luego escuchó a Andrew Mushita de Zimbabue hablar acerca de su trabajo con agricultores de escala pequeña por todo el sur de África para establecer bancos y fideicomisos de semillas. Se inspiró a comenzar una biblioteca de semillas.

Borderland Restoration (Restauración de Zonas Fronterizas y Native Seeds/SEARCH (Semillas Nativas/Búsqueda) les dio semillas y se involucró con el Centro de Salud Comunitaria en Nogales y Río Rico. “Están haciendo trabajo de jardinería comunitaria–dice Claverie– queríamos hacer nuestras presentaciones y la biblioteca accesible para toda la comunidad ya que muchas personas en Patagonia sólo hablan español.”

Zeltzer me muestra un formulario escrito en español para donar semilla. Ésta es una biblioteca bilingüe de semillas.

Tarros de semillas descansan sobre un estante hecho de roble: frijoles, girasoles, rúcala y trigo. “Esta es nueva –dice Zeltzer mientras recoge un tarrito y le abre la tapadera– Chile rojo y verde de Sonoita donde un jardinero lo había cultivado por 30 años.”

Agrega, “Tenemos hasta semillas de trigo de Sonora. La gente está perdiendo la habilidad de guardar semillas. Nadie piensa en hacer eso o no saben como. Se les está olvidando sus historias.”

Cuando les pregunto cómo se imaginan el futuro de la biblioteca de semillas, Zeltzer dice que le gustaría ver como evoluciona a medida que avanza, “como las semillas mismas que se adaptan a su ambiente local.”

Todo parece ser benigno, sino un poco contracultural. Gente compartiendo historias y semillas, pero increíblemente las bibliotecas de semillas están en riesgo. Inspectores del gobierno han cerrado cinco bibliotecas en otros estados.

Comenzó el año pasado en una biblioteca pública de una pequeña ciudad fuera de Harrisburg, Pensilvania. Funcionarios del gobierno estatal del Departamento de Agricultura acusaron a las bibliotecas de violar la ley de semillas del estado, diseñadas para proteger la calidad de semillas para agricultores comerciales. Dicen los funcionarios que la ley requiere pruebas adecuadas de semillas coleccionadas y por eso hacen las semillas de bibliotecas ‘peligrosas.’ Comisionados argumentan que las semillas pueden ser marcadas incorrectamente y distribuidas. En palabras de uno, “el agro-terrorismo es un escenario muy, muy real.”

Debido a que la biblioteca no estaba preparada ni equipada para plantar semillas de tomate y verificar que no salieran rábanos, el Departamento de Agricultura hizo una nueva regla diciendo que clientes de la biblioteca podrían continuar pidiendo prestadas las semillas siempre y cuando eran semillas donadas por compañías. La biblioteca tampoco podía aceptar las semillas regresadas por los jardineros. Algunos ven esto como una adquisición empresarial de nuestros sistemas de alimentación.

“La letra de la ley mata,” dice un antiguo sembrador de semillas.

Puede ser que las autoridades no entiendan el papel que toman las bibliotecas de semillas. Malinterpretan una ley, que innegablemente es importante para agricultores y consumidores y confunden las protecciones a la industria comercial como un servicio público a jardineros. Puesto que actualmente existen más de 340 bibliotecas de semillas en 46 estados, algunos temen que lo que paso en Pensilvania se extenderá por todo el país, en esencia enterrando el movimiento.

Cuando les mencionaba estos desarrollos a las bibliotecarias, el nombre de Vavilov salía. Nikolai Vavilov, un botanista y genetista ruso, coleccionó más semillas que nadie antes que él.  Es considerado como el padre de la colección de semillas. Sin embargo Vavilov, que quería terminar el hambre en el mundo, fue detenido y sentenciado a 20 años en prisión por el fracaso del programa agrícola de Stalin. En 1943, murió de hambre en su celda mientras que personas quemando libros sitiaban Leningrad.  Científicos de su personal sacrificaron sus vidas para proteger la biblioteca de semillas, la más grande del planeta.

Hernández me contó que lo que pasó en Pensilvania esta sucediendo en Maryland, Minnesota y Nebraska. “Pero nada en Arizona,” agrego mientras tocaba madera.

Para enfrentar estos desafíos regulatorios, las bibliotecas públicas del condado Pima, Native Seeds/SEARCH, el UA Kellogg Program in Food and Water Security for the Borderlands (Programa Kellogg de la Universidad de Arizona para la seguridad de comida y agua en las áreas fronterizas) y la revista Edible Baja Arizona serán anfitriones del primer foro nacional de bibliotecas de semillas. El evento también conmemorará el 33 aniversario de la conferencia Seed Banks Serving People (Bancos de Semillas Salvando Gentes) en Tucson cuando nació el movimiento de guardar semillas.

También será una celebración al crecimiento de la biblioteca de semillas, de las comunidades que toman control sobre su cultura alimenticia y sus propias historias de herencia irremplazables. Se reconocerá que lo que una vez fue algo mínimo hoy día se esta convirtiendo en una grande cosecha.

En el segundo día de primavera, saco las semillas secas de las vides de tomates Easy Girl, una de mis favoritas por muchos años hasta recientemente.  Mientras escribía este artículo descubrí que la gigantesca compañía Monsanto era propietario del híbrido. Escavo fertilizante lleno de lombrices sobre tierra tibia. Saco cinco semillas suaves de mi paquete de la biblioteca de Tucson y las meto en cinco hoyos que hice con mis dedos, sintiendo un poco de inquietud por el pequeño acto subversivo.

Las semillas son como los libros. Graban un pasado que se lee por los que los aman, aunque muchos libros ya no existen. Pero aquellos que los aprecian, los coleccionarán, los compartirán y los sembrarán en tierra nueva. Ha sido de esta manera por miles de años desde los principios de la agricultura y la letra escrita. Así son de revolucionarias las semillas.✜

Ken Lamberton es el autor de seis libros, su más reciente siendo ‘Chasing Arizona: One Man’s Yerlong Obsession with the Grand Canyon State.’.







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